Barroco IX
La vocación de San Mateo (1599-1601)
La temática de la obra es religiosa: el momento en el que Mateo, quien para entonces era un publicano, un recaudador de impuestos de la antigua Roma, y tenía de por sí muy mala imagen entre los judíos, está en la taberna. Cuando Jesucristo, la figura de rostro iluminado situada a la derecha, entra acompañado por San Pedro, otro apóstol, y señala a Mateo. Éste sorprendido, aparece señalándose a sí mismo pues dudó y preguntó si se trataba de él.
En cuanto a la composición, comenzar comentando que está desequilibrada: los personajes se concentran en la parte inferior del lienzo y, lo que más causó asombro en la época, ninguno de los dos personajes protagonizaba la obra. Es decir, ni Mateo ni Jesucristo son fácilmente diferenciables a primera vista al no encontrarse en primer plano ni tan resaltados por la luz. Sin embargo, ha de añadirse el apoyo del rayo de luz aposta que alumbra directamente el sorprendido rostro de Mateo y el cual, a su vez, lleva a cabo una proyección perfecta que acompaña el lánguido brazo de Jesucristo.
Asimismo, la luz añade tensión a la estática obra que carece de movimiento, aunque haya una gran teatralidad en la expresión de los personajes. Esta obra es otro claro ejemplo del dramático realismo de Caravaggio y de su espectacular juego de luces, su tenebrismo.
El prendimiento de Cristo (1602)
Se trata de otra obra de temática religiosa y bíblica: el archiconocido beso de Judas. Esta obra llegó a conmover especialmente a su público a pesar de tener peculiaridades como véase, por ejemplo, el hecho de que todos los personajes estén de pie y sólo sea apreciable el torso, es decir, medio cuerpo, o el extraño origen del foco de luz.
La verdadera magia de esta composición se encuentra en el notable y dramático realismo del autor, la expresión de cada uno de los personajes, los cuales son fácilmente reconocibles y distinguibles en la escena: Juan el Apóstol, que parece estar huyendo; Jesucristo, quien centra la obra y se mantiene estático, sin moverse ni poner resistencia, padeciendo todo lo que significaba y con las manos en posición de oración; Judas Iscariote, que se lanza sobre él. Además de dos soldados y un tercer hombre que lleva una linterna y que, aparentemente, parece tratarse de un autorretrato del mismo autor. Asimismo, en el detallismo de cada uno de sus rostros, ropajes y complementos.
A pesar de la dudosa procedencia de la luz en el oscuro y no identificable fondo, el juego de colores y el ya mencionado claroscuro y tenebrismo del autor, es más que suficiente para reconocer la grandeza de la composición. Una obra que refleja a la perfección y armoniosamente la espiritualidad interrumpida y mancillada por la brutalidad y la violencia.


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