Barroco XI

La flagelación de Cristo (1607)

Se trata de unas de las obras hechas por Caravaggio a particulares cuando huyó de Roma. En esta ocasión se la hizo a un noble llamado Tommaso de Franchis, para que fuera la pala del altar en la capilla de la Iglesia que poseía en Santo Domingo, Nápoles. 
De nuevo, el tema de la obra es bíblico: la flagelación de Cristo previa a su crucifixión, un tema sumamente explotado en el Barroco. A su vez, era un tema muy tratado en la época, ni que decir tiene que la Iglesia recomendaba a sus creyentes más devotos la autoflagelación para aproximarse al sufrimiento que padeció Jesucristo. 


En esta ocasión el autor pudo gozar de un lienzo de gran tamaño y longitud que le permitió escenificar a la perfección. Como es fácilmente observable, la figura central y protagonista, Jesucristo, es el foco directo de luz. Cristo, estremeciéndose y cabizbajo, mostrando su famosa corona de espinas, se encuentra rodeado por sus distintos fustigadores: en primer lugar, el que se encuentra a su derecha y a la izquierda del cuadro, mientras le agarra con su mano izquierda el pelo para que levante la cabeza, parece sostener en la mano restante ramas y tallos secos con espinas. En segundo lugar, el hombre que está agachado cogiendo del suelo una fustiga que tiene atada a su otra mano. En tercer lugar, quien se encuentra a la derecha del cuadro e izquierda de Cristo, parece ser el que le está sosteniendo las ataduras. 

En sí la composición es maravillosa, digna de la maestría de Caravaggio. Ya no sólo por su prototípico juego de luces y sombras, el tenebrismo, que le da un mayor énfasis y tensión a la escena de la obra, sino por su naturalismo y realismo a la hora de representar cada elemento de la obra. Las expresiones de los tres individuos reflejan a la perfección el odio que manifiestan con el cual se desahogan. Asimismo, las tonalidades son todas cálidas ademas del blanco de sus ropajes, colores terrosos. Sin embargo, hay un sutil detalle más de procedencia Renacentista, Cristo es quien tiene la tez más blanc y aparentemente limpia, a pesar de estar siendo torturado e inevitablemente sucio. 


Salomé con la cabeza de San Juan Bautista (1609)

Se trata de la obra que se encuentra en el Palacio Real de Madrid actualmente. De nuevo, el tema representado es bíblico: cuando Salomé recibe la cabeza de San Juan Bautista. Y es que la historia narra que la joven fue convencida por su madre, Herodes, para que le pidiera a su padrastro en bandeja la cabeza del apóstol como premio por haber bailado en la forma que bailó para él el día de su cumpleaños. Puesto que, había sido él quien rechazó el matrimonio de Herodes con su hermano, como lo establecía la ley para entonces. 



Al igual que la obra comentada a priori, se trata de uno de los temas más representados en la época. Pero, para variar, tiene varios elementos que la hacen única y excepcional. Esta obra se trata de una iconografía clásica en el arte cristiano con un claro mensaje: las mujeres y nuestras habilidades de seducción incitamos al hombre para que cometa atrocidades. Sin embargo, Caravaggio rompe con la regla por completo y muestra de una forma totalmente anormal hasta la fecha las tres figuras: en primer lugar, la protagonista, Salomé, a quien en un principio sólo se la reconoce con la hija de Herodes. Ella en el momento de recibir su anhelado premio no lo mira y muestra una mirada vacía, sin inmutarse siquiera, propia de la frialdad e incluso triste. Se podría traducir con que la joven verdaderamente era consciente de su manipulación y lamentaba el gran error que había enmendado. En segundo lugar, hay un personaje que en la actualidad se desconoce aún a qué se debe exactamente, el de la anciana. Parece ser que cumple el personaje de testigo y que su edad puede tener algún significado relacionado con el destino. En tercer lugar, el verdugo, quién sí debería mostrar frialdad y crueldad, ya que se trata de su profesión. Sin embargo, observa con detenemiento la cabeza del Bautista y con una expresión estremecedora y triste, realmente conmovido por el ejecutado. 
Y el ejecutado, no es sino el autor, quien por aquella época no había alcanzado los 40 años. Éste detalle es lo verdaderamente increíble de la obra. Aunque era común que Caravaggio, como muchos otros autores, se retratase entre los personajes, esta vez es excepcional. Se cree que es por la culpabilidad que podía sentir entonces el autor, quien había sido manchado por la sangre de un asesinato y que, por tanto, ansiase castigo como es el de pintarse decapitado. 

En cuanto a la composición, vemos el prototípico juego de luces de Caravaggio, el tenebrismo, y su clásico fondo negro que hace que nos concentremos únicamente en el papel de los personajes. Asimismo, los colores de nuevo, junto al blanca, son una gama de cálidos, especialmente amarillentos y el vivo y fuerte rojo de la vestimenta de Salomé. Por último, finalizar comentando no sólo la majestuosa expresión de cada uno de los personajes, sino su detalle, es especial el de la anciana. Caravaggio se ha parado a matizar y trazar cada faceta de sus rostros con nitidez, digno de su técnica naturalista. 

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